‘T2: Trainspotting’ Los años vuelan.

‘T2: Trainspotting’ básicamente supone enfrentarse a una serie de sentimientos encontrados. Y es que han pasado 20 años, 20 años que además han pasado para todo el mundo. Porque el tiempo pasa, siempre pasa, y 20 años después pocas cosas son o permanecen iguales. Para nadie. O al menos pocas lo parecen por A o por B: Imagínense, por ejemplo, el reencuentro 20 años después con un amigo de la adolescencia. 20 años durante los que alguien puede haber cambiado tanto como puede no haber cambiado, que da igual: han pasando igualmente 20 años, y eso es ya inamovible.

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‘T2: Trainspotting’ es una película pensada para los que han vivido esos 20 años. Para los que tienen una perspectiva similar sobre el primer filme, y sobre lo que representa el paso del tiempo dentro de una vida cualquiera. De hecho, depende tanto de la original que incluso podemos considerar esto como lo peor de la secuela: El hecho de estar tan condicionada por este recuerdo como para terminar por ser su esclavo. T2 depende de T1, cual drogadicto, y su discurso se asienta en su totalidad sobre aquella de manera mucho más conservadora que su precedente (y de lo necesario).

‘T2: Trainspotting’ es más para aquellos que respetan el filme original, en lo que ya se adivina una película no tan natural. 20 años. Puede que sea todo o sea nada, así es el paso del tiempo: las cosas pueden ser las mismas, pero no los ojos con los que las miras. Claro que la empresa era difícil: El filme de 1996 es uno de esos filmes míticos hijos de sus tiempo, que llegó de la manera adecuada en el momento indicado. Quizá por eso Danny Boyle y su equipo, después de tantos años resistiéndose a esta secuela (necesitada por alguno), han optado finalmente por nadar y guardar la ropa.

‘T2: Trainspotting’ se sabe de antemano inferior, una visión 20 años después en la que la madurez ha metido mano. Ya no es elegir la vida y a correr calle abajo, ahora es elegir sofá y sentarse a ver la tele. Todos le ponen el debido entusiasmo, pero 20 años después el resultado no puede ser más irregular y ambivalente. Sigue siendo lo mismo pero a la vez no lo es. Y a su vez no puede causar un sentimiento más encontrado que el deseado re-encuentro con un ser querido de otra vida que no es como esperabas que fuera. O como recordabas que fuera, o como gustaría que fuera… aún sin haberte hecho ninguna idea preconcebida.

‘T2: Trainspotting’ no es ‘Independence Day: Contraataque’ en cualquier caso. Y su problema no es ser diferente, sino el intentar no parecerlo cuando es evidente que lo es en vez de aprovechar esos 20 años para construir algo… no necesariamente diferente, pero sí con más entidad propia y una perspectiva más amplia como para pensar en un nuevo reencuentro dentro de 20 años que ahora, con un aura más de estar por casa, ya no resulta tan tentador. Los riesgos y bondades de regresar al pasado, en dónde te alegras en igual medida que te desilusiona comprobar el cariz melancólico del tiempo.

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