¿Por qué los mexicanos no ven cine mexicano?

Nunca se habían hecho tantas  películas en México, pero, paradójicamente, tampoco se había consumido tan pocas. Apoyándose fundamentalmente en incentivos del gobierno, la producción de cine mexicano tiene una saludable actividad. Sin embargo, la industria no crece debido a la carencia de consumo interno. Mientras se agotaban las entradas para ver ROMA, se esperaba el estreno en Netflix y desde su estreno, no ha habido un sólo día que no se mencione ROMA la película, a Cuarón o a Yalitza Aparicio. Sin considerar el fenómeno ROMA, las críticas, los premios, festivales, sus nominaciones al Oscar, los comentarios y peleas por redes sociales, los mexicanos difícilmente quieren ver cine mexicano. 

Con el aumento sustancial de plataformas digitales con una amplia oferta de contenidos, la competencia para la producción fílmica, no sólo en México sino en el mundo, se ha visto forzada a buscar nuevas maneras de volverse sustentable y generar oferta de calidad y competitiva, pero se sigue produciendo con una visión “global” que, en su ambición de abarcar la mayor cantidad de mercados posibles, termina por difuminarse y sin encontrar audiencia.

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Cuando se le pregunta al espectador promedio por qué al asistir a Cinépolis o Cinemex prefiere las películas de Hollywood frente a la vasta oferta cinematográfica mexicana actual, la respuesta suele estar orientada a un solo fenómeno: “No me identifico con el cine mexicano”.

Aunque el cine es un abanico de acepciones y aunque cada una de estas sea muy válida, resulta todavía más importante que los espectadores consideren a la “identificación” como un elemento importante y determinante para que una película sea de su agrado.

En la época de oro (de 1935 a 1950 aproximadamente), los cineastas se esforzaban por equilibrar la calidad narrativa con la calidad audiovisual e histriónica. Lo mismo teníamos a Alex Phillips o Gabriel Figueroa en la cinefotografía que a Dolores del Río o Pedro Armendáriz en los protagónicos. Teníamos a un Emilio Fernández que contaba historias del rancho, a un Julio Bracho que contaba historias de la ciudad elitista, y a Ismael Rodríguez o Alejandro Galindo que contaban historias del barrio. Eran elementos suficientes para valorar al cine mexicano por encima del hollywoodense; y sin embargo, no sucedía. No existía completa identificación del espectador mexicano con el cine hecho en su país.

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Ya lo refería Carlos Monsiváis: “en los 50 nació la primera generación de gringos en México”, y José Emilio Pacheco hacía mofa de ello con sus personajes de Las batallas en el desierto“¿Ya viste la cara de chofer del tal Pedro Infante? Con razón les encanta a las gatas”.

Desde entonces, el cine mexicano era rechazado y el de Hollywood permeaba incluso en el comportamiento de los mexicanos, de tal suerte que la única cultura con la que solía identificarse el paisano era la estadounidense.

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Si el origen del problema está en hace más de 50 años, ¿significa que no podemos deshacernos de él?

No precisamente. Aunque hoy ya no tenemos a Julio Bracho (pero sí a Alfonso Cuarón) ni a Gabriel Figueroa (pero sí a Emmanuel Lubezki) ni a Pedro Armendáriz (pero sí a Ernesto Gómez Cruz), con el paso de los años han surgido otros problemas derivados del desdén original y que han devenido en un solo infortunio: el de no vender entradas y no poder rescatar al cine mexicano del hundimiento.

La culpa realmente es de nadie y de todos. Los espectadores se sustentan en el “no me identifico”. Los realizadores culpan a las distribuidoras. Las distribuidoras culpan a los productores. Los productores culpan a los guionistas.

Y todos culpan al mínimo apoyo gubernamental y se vuelve un círculo vicioso en el que el cine mexicano parece tierra de nadie.

Lo que con frecuencia se ignora es que hay una enorme fragmentación de públicos, los mercados de nicho se imponen y por ende la oferta crece de manera exponencial. Tenemos una producción que es amplia en número, pero ¿qué hay de lo que presentan?

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Y basándonos en las estadísticas del IMCINE de dos años atrás y una investigación de Vicente Gutiérrez, para El Economista:

El Instituto Mexicano de Cinematografía (Imcine): 33 proyectos de los 85 (largometrajes y documentales) que se estrenaron en el 2017 no contaron con apoyo del Estado.

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¿Se imaginan una película mexicana con apenas 16 espectadores?, pues existe y se llama La Era de la Desconexión, un documental que se estrenó el 2 de noviembre del 2017 con distribución de Videocine y sí, vendió sólo 16 boletos.

En la lista aparece Soy Nero, con apenas 34 boletos vendidos. La película es una coproducción con México y es la historia de un mexicano que se alista en el Ejército estadounidense y quien recibe a cambio la deportación.

Le sigue El Cuarto de los Huesos, que consiguió 41 espectadores en su estreno. Es un documental sobre madres salvadoreñas en busca de sus hijos.

Casa Roshell narra la historia de un espacio utópico para aquellos hombres que viven reprimidos en sus deseos de feminización y travestismo, con 621 boletos vendidos.

La Cineteca Nacional apostó y distribuyó Mis Noches Harán Eco y sí, el resultado fue pobre con apenas 1,587 boletos vendidos.

Una película que llamó mucho la atención en redes sociales fue: Cometa. Él, su perro y su Mundo que fue distribuida en cines por Neverlanding y alcanzó 78,010 boletos en alrededor de 300 pantallas.

Incluso películas apoyadas por estudios como Fox fracasaron: Condorito. La película vendió 564,759 boletos o el documental Molotov. 20 años: días de peda y de cruda distribuida por Cinépolis no emocionó a nadie: vendió 3,125 boletos.

Para El ocaso del cazador, con Mario Almada y Hugo Stiglitz, buscaron apoyo de los medios de comunicación con una película sobre un caso real en Tamaulipas donde un hombre defendió su rancho de los narcotraficantes. La película era interesante y la apoyó Cinemex pero no tuvo éxito, apenas tuvo 4,802 asistentes.

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O Las hijas de Abril del director Michel Franco, que vendió 205,162 boletos, pese a que ganó el premio del jurado en la sección “Una cierta mirada” en el Festival Internacional de cine de Cannes.

Según los datos de IMCINE, las 52 películas apoyadas por el Estado mediante algún mecanismo lograron vender 16.3 millones de boletos; mientras que las 33 películas independientes alcanzaron 4.3 millones de entradas que en conjunto suman 20.6 millones de entradas.

En el 2017 se produjeron 175 largometrajes; 96 financiados con recursos públicos. Se estrenaron 85 películas (largo y cortometrajes) y las producciones nacionales obtuvieron 93 premios nacionales y 100 más alrededor del mundo.

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Y aunque el consumo de cine es considerablemente mas alto en el Distrito Federal, la concentración y conglomeración, tanto de la producción como de la oferta y demanda cinematográfica, desaprovecha un vasto terreno de oportunidad para que la industria fílmica de México se active en distintos puntos del país. Existe una notoria carencia de trabajos producidos en casi toda la República, dado que un porcentaje considerable de las películas tienen lugar en la Ciudad de México, donde además hay una concentración de instituciones formadoras, casas productoras y otros servicios fílmicos.

Esta visión, centrada en las problemáticas, temáticas y personajes eminentemente capitalinos, limita el alcance de un alto porcentaje de películas hechas en México y reduce el impacto que se podría generar, cuando en México, de acuerdo a datos publicados por Canacine, ocupa el cuarto lugar a nivel mundial en asistencia al cine, pero a diferencia de otros mercados emergentes como China o India, México no consume producto local en las mismas cantidades, quizá por que quienes producen no están considerando a conciencia las necesidades de la audiencia, quienes son los principales beneficiarios.

México es el cuarto país del mundo que más asiste al cine, pero no ven producciones locales

Y tú, ¿por qué no ves cine mexicano?

 

 

 

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