Fellini, el mentiroso contador de historias

No quiso cambiar el mundo. No pretendió ser distinto. No le interesó ganar premios ni convertirse en millonario. Nunca se sintió desafiado ni motivado por los críticos. Federico Fellini sólo quería contar historias. Reinventar una realidad.


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¿Neorrealista? ¿Surrealista? Fellini tenía un estilo propio, marcado a fuego por su vida (nacido en 1939 en una familia de clase media de Rimini, un pueblo al norte de Italia) y su imaginación. Hasta La dolce vita (1960), podría decirse que su cine fue una representación de mundos. Después, su obra se trató de una invención de mundos. Artificiales, idealistas, con elementos cirquenses, fantásticos y exagerados. En ambas etapas vuela alto.

“No creo que un artista deba experimentar en lo que cree. No hay temas ideales. Hay temas más o menos cercanos a tu temperamento, pero no hay que pensar en temas ideales”.

Se fue de Rimini para dedicarse al periodismo en Roma. Allí conoció a Roberto Rosellini, para el que participó en el guión de Roma, ciudad abierta (1945), uno de los símbolos más grandes de la historia del neorrealismo italiano. También escribió Paisá (1946), segunda parte de la extraordinaria Trilogía de la guerra, y El amor (1948). Siempre fue fanático del fumetto (en italiano, historietas). “El mundo del comic podrá prestar generosamente al cine sus escenografías, personajes e historias, pero no su atractivo más secreto e inefable, que es el de la fijeza, la inmovilidad de las mariposas clavadas con un alfiler”, escribió. Fue fanático y guionista de Flash Gordon y creó personajes inspirados en protagonistas de historietas.

“El cine es pintura antes que literatura o teatro. Se trata de objetos y cómo las lucen caen en ellos”.

Se conocieron en la mítica sala Lux cuando eran jóvenes y soñaban con dedicarse al arte. Federico Fellini lo sentaba a Nino Rota en un piano y le contaba qué era lo que sentía de alguna secuencia. Toda la libertad de las historias sin límite estuvieron siempre acompañadas por una música que iba a la par. Fue una sociedad única e irrepetible. Uno de los directores más grandes con un músico genial. Se enamoró de Giuletta Masina y la convirtió en su actriz de cabecera. Fue otra unión perfecta. Una historia mas de genios que se atraen.

“Soy un contador de historias. Me gusta contar historias, crear vida”.

Los inútiles (I vitelloni, 1953): No trabajan y, si lo hacen, les roban a sus patrones. Sólo piensan en salir de fiesta y estar con alguna mujer. Los seduce la infidelidad y no tienen intenciones de atarse a nadie. Son los inútiles. Tienen más de 30 años y viven con sus papás. No sufren ni parecen darse cuenta que su tiempo pasó. Los inútiles se juntan en la playa y ríen. Extraordinaria película con secuencias memorables. Martin Scorsese, reconocido admirador de Fellini, confesó que Mean Streets (1973) está basada completamente en esta película. También la secuencia de presentación de cada uno de los personajes de Buenos muchachos (1990).

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-La strada (1954): Zampanó (interpretado con brillantez por Anthony Quinn) es uno de los villanos más temerarios de la historia del cine. Sólo hay que ver cómo trata a la indefensa, soñadora e ilusa Gelsomina (Masina, brillante) para determinar que es una mala persona, un hombre insensible y cruel que no pretende otra cosa que ganar dinero con sus trucos baratos de circo. Una historia dramática que relata una Italia devastada, poco después de la guerra, y con casi nada de sentido de unión. Primer Oscar a mejor film de habla no inglesa para Fellini.

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-Las noches de Cabiria (Le notti di Cabiria, 1957): Si era fácil enamorarse y/o sentir pena con el personaje de Gelsomina, con Cabiria sólo quedan ganas de ir corriendo y darle un fuerte abrazo. Algo que le sirva de contención, un escudo que funcione de protección para tantos golpes y agresiones. Cabiria (Masina, otra vez la genial Masina) es una prostituta que está muy lejos de ser popular entre sus clientes. Se las arregla y sueña que un día encontrará el amor de su vida y vivirá dignamente. Pero nada de eso ocurrirá en su historia. El corazón de Cabiria, enorme, se va despedazando a medida que la cruda realidad le pasa por arriba. Segundo bombazo de Fellini con los Oscar.

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-La dolce vita (1960): Primera secuencia del film: un helicóptero recorre Roma con la estatua de un Cristo colgando con una soga. Marcelo Rubbini (Mastroianni, inmortal) mira desde el asiento del acompañante del helicóptero a unas hermosas mujeres que toman sol en una terraza. Les pide el teléfono para invitarlas a salir. No se lo dan. ¿Simbolismo? Por supuesto. El primer sacudón de La dolce vita llega temprano y va destinado a la Iglesia. Después llegarían varios más (la aparición de una supuesta Virgen, la lluvia y las lámparas que explotan, otro ejemplo). Hay en esta película un estilo de vida que no se había mostrado antes. Se relatan episodios, sin una historia aunque sí un foco: Marcelo (¿una mezcla de Mastroianni con el propio Fellini?) es un hombre que no se encuentra. Inolvidable secuencia (una de las más conocidas de la historia del cine europeo) con Anita Ekberg en la Fontana de Trevi. Fue el tercer Oscar para un director que a esta altura ya tenía una estatura de gigante.

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-8½ (1963): La gran obra maestra. El salto a otro nivel, a otra capacidad de percepción. La cámara que no deja de moverse y la música que deja una huella. Una fotografía perturbadora, con negros y blancos muy marcados. Sueños, silencios, ruidos y gritos. Un director sin ideas, ahogado, que parece perdido. Cuando le preguntaron a Martin Scorsese sobre este film dijo que, por densidad y ambición, sólo era comparable a Persona (1963), de Ingmar Bergman. Una de esas películas en las que el concepto de “no la entendí” es fútil. Es simple: sólo hay que disfrutar. Cuarto Oscar para Fellini.

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-Amarcord (1973): Homenaje de Fellini a su época de adolescencia en Rimini. “Estuve ahí, vi el Rex”, “Ahí estoy yo, eso lo hice yo”, se escuchaba en el cine del pueblo del director. La nostalgia que genera esta historia se llevó puesto a todos. Los habitantes de Rimini participaban, según ellos, en situaciones que eran totalmente inventadas por Fellini (la llegada del barco Rex, por ejemplo). La película más divertida, llena de picardía pero también de emoción. Un relato con tradición que pinta a las familias de clase media italianas. Quizás el film más autobiográfico que no deja de tocar algunos aspectos polémicos. Aunque no era un animal político, Fellini sí era anti fascista. De ahí la ridiculización a Mussolini. Una enseñanza de que el pasado nunca termina del todo (“Amarcord” significa en español “yo recuerdo”). Última obra maestra de Fellini premiada con un Oscar.

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